SEMANARIO

No hay 2019

Eduardo Grüner

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Ilustración: Sergio Cena

No hay 2019

Eduardo Grüner

Una docente es secuestrada, torturada, y su cuerpo “escrito” con un punzón.

Una mujer que lleva visible su pañuelo verde es escupida e insultada soezmente por la calle.

Un locutor de radio reaccionario, sexista, racista y maltratador que recibe un escrache convoca a una banda de taxistas desaforados para patotear a las escrachadoras.

Un comerciante asaltado que se excede en la “legítima defensa” y le pasa por encima con su auto al ladrón en fuga es declarado inocente por un jurado denominado “popular” (versión civil del asunto Chocobar).

Un diputado y una legisladora del FIT son amenazados de muerte.

Un cabo primero de la Prefectura tiene un altercado de tránsito y vacía su pistola reglamentaria en el cuerpo de su “interlocutor”.

Un presidente de la Nación, en un discurso oficial, cita (no sabemos si inadvertidamente o no) frases de Adolf Hitler.

Podríamos seguir, son solo algunos ejemplos sueltos. Diferentes entre sí, desde ya. Pero justamente por eso –porque remiten a distintas situaciones, capas sociales, zonas de conflicto– son síntomas alarmantes de un estado de sociedad. Pequeños huevos de serpiente, para invocar un título famoso.

“Pero, escuchemé, jefe, son solo unos ejemplos, como usté dice. Esas cosas pasaron siempre”. De acuerdo, puede ser: las sociedades complejas son así. Pero las cosas que pasan siempre pasan en distintos momentos históricos, contextos políticos, situaciones sociales y económicas. Las condiciones que rodean a los hechos les dan su significado potencial. No es lo mismo que esos parciales arrebatos de violencia ocurran en tiempos tranquilos (con lo cual se los puede juzgar como manifestaciones de desequilibrio mental individual, que de todos modos suele tener causas sociales, pero en fin…), o que ocurran en el seno de una sociedad altamente convulsionada, con fuertes índices de conflictividad social, con aumento de la pobreza y la desocupación, con inflación imparable, con entrega absoluta de la soberanía nacional a los órganos financieros imperiales, con grados crecientes de “angustia social”, etcétera. Y con una ministra de seguridad que habla de la formación de grupos guerrilleros –nada menos que ella, fingiendo amnesia de su propia historia, con una cuota inaudita de cinismo y perversión del lenguaje–. Y con un gobierno empeñado en arrastrar a las fuerzas armadas a tareas de seguridad interior, como si las actualmente actuantes no hubieran ya cometido suficientes tropelías, incluyendo “ejecuciones” directas o indirectas.

En rigor, quizá sea temprano para hablar seriamente de fascismo estatal. Mal que mal, todavía funcionan (por cierto, bastante deterioradas) algunas instituciones formalmente “republicanas”. Pero quizá no sea demasiado temprano para advertir sobre el paulatino crecimiento de un larvado fascismo social (prefiero este término al de microfascismo que venimos leyendo últimamente, que puede dar lugar a malentendidos), y que no es en absoluto desalentado por el Estado. Quiero decir: un estado de sociedad en el cual una parte de ella parece cada vez más decidida a actuar violentamente contra los/las docentes, las mujeres (o los varones, para el caso, aunque ellas sean víctimas privilegiadas) de pañuelo verde, los marginales, los desocupados, los trabajadores rebeldes, los piqueteros, y así. Hace ya un buen rato que vienen percibiéndose estas señales; tal vez el canónico “punto de inflexión” haya sido la batalla por la legalización del aborto, que hizo salir a flote toda la más maloliente basura subterránea de nuestra bendita sociedad, y que muchos, en el fárrago de la cotidianeidad, tienden a olvidar fácilmente.

Sea como sea, y sin mengua de la preocupación o incluso la alarma, no es algo para extrañarse demasiado. Es característico que, en las crisis extremas, y a falta de un proyecto mayoritario de reorganización de la voluntad popular, aparezcan estas reacciones perversas y anómicas en una porción desesperada de la sociedad (al margen, se entiende, de las posiciones fascistoides conscientes y explícitas) que ante la ausencia de auténticas alternativas busca a manotazos el chivo emisario de turno. Estamos en presencia, en efecto, de una crisis extrema, social y cultural y no solo económica y política. Haciendo abuso jocoso de las categorías gramscianas, podríamos llamarla “crisis inorgánica”, en el sentido de que no hay un solo sector, dentro de la clase política burguesa, que pueda imaginarle, no digamos ya encontrarle, una salida. Los intentos de unidad a-programática de la “oposición” (no hace falta explicar las comillas) son, hasta ahora, inoperantes o ridículas. Y no meramente por torpeza o desconcierto –que los hay, claro– sino porque, como sucede siempre en tiempos de crisis terminal, dejan a un patético descubierto que ninguna fracción de las clases dominantes está dispuesta a hacer lo que se debe hacer en las crisis terminales: operar quirúrgicamente, y pasar a otra cosa. Y ese es, dicho sea de paso, el mejor indicador de que efectivamente, como dice el gobierno con jerga thatcheriana, “no hay alternativa”… dentro del sistema.

Enseguida vuelvo a esto, permítaseme regresar un momento al principio. Si empezamos por señalar aquellos síntomas de “fascismo social”, era simplemente para decir que –como consecuencia de las políticas del actual gobierno, tendientes a lo que en otra ocasión hemos denominado un democidio– a lo que nos estamos enfrentando ya no es solo al crecimiento de la pobreza, la injusticia social y la entrega de la soberanía, sino a un agudo proceso de descomposición de la sociedad y la cultura en sentido amplio. Y esa degradación no va a esperar un año y pico más: está ocurriendo ahora ante los ojos de quien quiera verla. En este marco, limitarse a encuadrar todo plan de acción en la lógica excluyente de las próximas elecciones (si es que las hay) es una renuncia rayana en la irresponsabilidad cuasi criminal.

Ilustración: Sergio Cena

En este sentido, la por muy lejos peor consigna política que se ha escuchado en los últimos meses es esa sublime idiotez –profundamente resignada al “posibilismo”, que en estas circunstancias es lo contrario del “realismo”– de Hay 2019. Si se subordina toda estrategia a eso, para el pueblo argentino no habrá 2019. Por la sencilla razón de que se llegará a las elecciones con una coalición “opositora” tan amplia y sin principios (si no se han hecho otras cosas para acumular fuerzas populares antes, esa coalición de la clase política tradicional será la única manera de ganarle al macrismo) que significará una completa parálisis, impedida siquiera para revertir en parte el daño ya hecho, no digamos ya para generar una verdadera gesta emancipadora. Y sin embargo nadie, en el campo político burgués o pequeñoburgués, parece estar pensando en otra cosa que el “2019” (que a esta altura ya casi suena al famoso “segundo semestre”). Incluso los sectores más “progres” de la franja “K” –pongamos, el grupo Carta Abierta– no han postulado otro plan de acción que “Cristina presidente”. Es decir: frente a la catástrofe, un retorno a lo mismo (“vamos a volver”) que no solamente ha demostrado su agotamiento, sino que ni siquiera sería lo mismo, pues han cambiado drásticamente las condiciones económicas y políticas nacionales, regionales e internacionales, obturando cualquier resquicio para nuevos experimentos bonapartistas-populistas. Cuesta creer que, aún bajo su propia lógica, los progresistas no se pregunten cómo vamos a llegar a “2019”. Y si no llegamos –como muchos de ellos sospechan y/o desean– peor aún: el caos nos sorprenderá una vez más (ya pasó, en buena medida, en el 2001) sin haber terminado de construir las fuerzas sociales que puedan garantizar aquella alternativa, y sin que haya (porque hoy no existe) un elenco de recambio burgués más o menos novedoso como el que surgió en el 2003. La descomposición será completa. Es el precio que pagaremos por haber subordinado todo al espejismo del “2019”.

Pero, solo para proseguir la discusión: supongamos que hay “2019”, y que mal que mal logramos sacarnos de encima a la atrocidad de gobierno que tenemos hoy. Supongamos incluso –para continuar ejercitándonos en utopías delirantes– que lo hacemos con una amplia coalición política “progresista”. ¿Cómo sigue la historia? Porque, de nuevo: si no hemos construido aquella acumulación de fuerzas populares dispuestas a defender esa conquista, ¿cómo vamos a enfrentar la formidable coalición de fuerzas reaccionarias (locales e “imperiales”) que va a hacer lo imposible para recuperar el poder –y no se puede olvidar que tiene todas las condiciones regionales y mundiales para hacerlo–? Tendríamos que estar preparados para lo peor. La desesperación de las clases dominantes ante la crisis y la imposibilidad de resolverla en la que están sumidas solo las hace más débiles si en la vereda de enfrente tienen un antagonista fuerte. Y esa fuerza no la vamos a conseguir apostando meramente a una unidad “superestructural”, por otra parte implausible, con el “2019” como único programa y objetivo.

Así que no, nada de “2019”. Todos los que estamos de este lado, pareciera, queremos alguna clase de “revolución”. Pero hay que tener, me parece, la responsabilidad de preguntarse qué quiere decir eso hoy y aquí, y cómo se va a poner en práctica frente a las gigantescas fuerzas contrarias a que aludíamos arriba. Tendríamos que poder combinar la necesidad de acciones inmediatas con la toma de distancia crítica para pensar cuidadosamente estrategias programáticas y organizativas. “Acciones inmediatas” sobran, las vemos en las calles todos los días, algunas realmente multitudinarias y espectaculares: allí están las vanguardias combativas de la clase obrera, el movimiento de mujeres, el estudiantil, y siguen las firmas. Pero son por ahora acciones fragmentarias, básicamente defensivas, y sobre todo sin estar unificadas por un programa y una dirección, que es lo que se necesita con urgencia. No hay por qué presentar como alternativas –como hacen algunos– cosas como la “huelga por tiempo indeterminado”, el juicio político, la demanda de renuncia del presidente (y uno agregaría la Asamblea Nacional Constituyente y varias cosas más): todas esas cosas pueden y deben articularse si hay una conducción coherente y organizada de la lucha que las haga posibles. Y aquí es donde empiezan los problemas. Muchos somos críticos de las divisiones, a veces traídas de los pelos, en el seno de las izquierdas y del campo popular en general. Conocemos perfectamente eso que Freud llamaba el “narcisismo de las pequeñas diferencias” que a veces nos hacen reír para no llorar. Pero convengamos en que, cuando se llega al punto de aquellas estrategias y programas de fondo –que es lo que hay que dirimir para una acción unitaria, eficaz y radical–, esas diferencias existen y son bien reales. Me permito un pequeño ejemplo reciente, sin ánimo de chicanear ni debatir ociosamente: siendo la Universidad mi ámbito natural de pelea como ex profesor y miembro de la AGD, no puedo menos que indignarme ante el modo en que los gremios “K” (Conadu, Feduba, etc.) entregaron el conflicto aceptando un 24 % cuando la inflación seguramente supere el 45 %, y lo hicieron en el momento más alto del proceso de lucha, con facultades tomadas, clases públicas en todos los barrios de Buenos Aires, marchas gigantescas, y demás. No estoy acusando a nadie de “traición” ni cosas tan dramáticas: estoy diciendo que la política fue no estirar demasiado la cuerda poniendo en riesgo (según esa perspectiva) la llegada “ordenada” al Hay 2019. Entonces, ¿cómo se hace para conciliar estrategias tan no ya diferentes sino antagónicas?

Como decíamos, es un ejemplo puntual, pero no puramente anecdótico: pone de manifiesto los límites para una “unidad por arriba” que no tuviera un correlato “por abajo” de un movimiento consistentemente orientado hacia una transformación social y política radical, único modo de evitar una nueva frustración y la descomposición social que ya hemos señalado. Eso, va de suyo, es impensable hacerlo con el peronismo “oficial”, en todas sus variantes, que hoy es apenas, y con mucha generosidad, la “oposición de su majestad”. ¿Alguien se imagina a ese peronismo “realmente existente”, en caso de ganar en el Hay 2019, declarando la ilegitimidad de la deuda externa, nacionalizando la banca y el comercio exterior, haciendo una reforma agraria, planteando el control obrero y popular de la producción? Es decir: llevando adelante políticas nacional-democráticas, no siquiera radicalmente “revolucionarias”. El corolario paradójico es que, en nuestra actual situación, para hacer esas básicas reformas… hay que hacer una revolución. Y eso solo es posible con la unidad estratégica y programática de exclusivamente el campo popular, con sus propias organizaciones y con plena autonomía respecto de las burocracias sindicales (algo hoy perfectamente concebible, dada su crisis) y de todos los partidos burgueses (ídem). Eso, creo, es lo que hay que discutir cómo se hace, y con qué objetivo final (está muy bien, por ahora, “golpear juntos y marchar separados”… ¿pero hacia dónde?). Lo cual es un verdadero problema, porque de acelerarse la crisis –como todo lo indica– podría no haber tiempo. Es cierto que, “dialécticamente”, la aceleración de la crisis, cuyo principal factor sería el aumento de la conflictividad social (de la buena y vieja lucha de clases), obligaría a los sectores populares a organizarse y unificarse cada vez más, y eso a su vez necesariamente aceleraría aquella discusión.

Como se comprenderá, son todas preguntas para las que no tenemos respuesta. Nadie puede tenerla en términos personales. Como siempre, es el propio movimiento social el que decidirá “en última instancia”. Pero mientras tanto conviene, en nuestra modesta opinión, ir haciendo este debate para evitar en lo posible una repetición de la “inorganicidad” de diciembre 2001 (un acontecimiento que a nuestro juicio no se resolvió de la mejor manera, pero esa es otra discusión). Por suerte, hoy hay otras condiciones: mayor organización popular, más “politicidad” en los trabajadores y la pequeña burguesía, etc. Veremos. Pero para realmente poder “verlo”, hay que producir esa imagen hoy, cuando los tiempos históricos se aceleran vertiginosamente. “2019” todavía queda demasiado lejos.

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Eduardo Grüner

Sociólogo, ensayista, docente. Es autor, entre otros, de los libros: Un género culpable (1995), Las formas de la espada (1997), El sitio de la mirada (2000), El fin de las pequeñas historias (2002) y La cosa política (2005), La oscuridad y las luces (2011), Iconografías malditas, imágenes desencantadas (2017),
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