Política

OPINIÓN

Iglesia, peronismo y clase trabajadora

La Iglesia Católica siempre hizo política, eso no es ninguna novedad. Desde el año 380, cuando el emperador romano convirtió al cristianismo en religión oficial del imperio hasta nuestros días, la Iglesia se ha convertido en la “asociación civil” con más años de trayectoria y mayor cantidad de “afiliados” del mundo, si contamos los casi 1300 millones de bautizados que constituyen algo más del 18% de la población mundial. Sin embargo, la manifiesta intervención del Papa Francisco en la política doméstica, llama la atención de analistas nacionales e internacionales. Es que “el Papa peronista”, como ha sido mencionado en numerosas ocasiones, no deja de ser el hábil Bergoglio que, en sus años de arzobispo, fue un actor fundamental de la escena argentina.

Andrea D'Atri

@andreadatri

Miércoles 12 de diciembre de 2018 | 00:00

Conservador en lo doctrinario y atento a las problemáticas sociales, Jorge Bergoglio no representa una posición muy diferente a la que, mayoritariamente, tuvo la jerarquía eclesiástica local, a lo largo del siglo XX, con contadas excepciones.

Los puntos de contacto con el peronismo son evidentes. Desde sus inicios, Perón presentó al justicialismo como una “tercera posición” entre los polos antagónicos del individualismo liberal capitalista y el colectivismo comunista y, a la Iglesia, le preocupan tanto la secularización que trae el avance liberal, como el desarrollo de una clase trabajadora inmigrante anticlerical, con arraigadas tradiciones anarquistas y socialistas.

Para cumplir ese papel, Perón debió apropiarse discursivamente de la Doctrina Social de la Iglesia lo que, entre otras cosas, le permitía convencer a los capitalistas de que su política social no perjudicaría sus intereses. Esta “tercera posición” que encarnaba el justicialismo posibilitó que Juan Domingo Perón se convirtiera en el candidato preferido de la Iglesia en las elecciones de 1946, contra lo que veían como un peligroso programa laicista encarnado por la Unión Democrática (una alianza que reunía desde la UCR hasta el Partido Comunista, bendecida por el embajador norteamericano Spruille Braden).

Perón cerró su campaña electoral con una peregrinación a la Basílica de Luján y, en 1947, retribuyendo a la Iglesia por el apoyo recibido, promulgó la ley Nº 12978 que ratificaba la enseñanza de la religión católica en las escuelas públicas, contra el laicicismo de tradición liberal de fines del siglo XIX. Además, brindó financiamiento para la construcción de nuevos seminarios, apoyo del Estado a las actividades impulsadas por la Iglesia y nombró a funcionarios provenientes de la militancia católica.

Pero su consolidación en el poder fue acompañada por el fortalecimiento de su propia Doctrina Nacional Justicialista y el inicio de cierta competencia con la corporación eclesiástica, cuya intermediación entre el líder y las masas, ya no le resultó necesaria como en el período anterior. La Iglesia pasó a la oposición, dando paso a su otro papel de vocera de los sectores más reaccionarios de las clases dominantes, y fue crucial en el golpe antiperonista de 1955, cuando los aviones de la Fuerza Aérea bombardearon la Plaza de Mayo, con símbolos que representaban “Viva Cristo Rey” en sus carlingas.

Para el reaccionario obispo Caggiano, el peronismo había cumplido con excelencia la tarea de alejar a los sindicatos del socialismo y el comunismo, permitiendo una expansión del catolicismo entre la clase trabajadora

Sin embargo, después del golpe antiperonista, la jerarquía eclesiástica intenta retomar las relaciones con el peronismo, especialmente porque –como señala el historiador José María Ghio- el justicialismo tenía el mérito de haber conseguido que el catolicismo penetrara hasta aquellos sectores de la sociedad donde la Iglesia no había tenido éxito, especialmente, en el sindicalismo. Por eso, con el peronismo proscripto, la Iglesia cumplió un rol de mediadora entre los distintos gobiernos y la dirigencia política y sindical peronista y, por esa vía, con la clase trabajadora. Para el reaccionario obispo Caggiano, el peronismo había cumplido con excelencia la tarea de alejar a los sindicatos del socialismo y el comunismo, permitiendo una expansión del catolicismo entre la clase trabajadora.

Hacia fines de 1975, frente a la radicalización de la clase trabajadora que, por primera vez, enfrentaba a un gobierno peronista, la clase dominante buscó una solución favorable a sus intereses entre las fuerzas armadas. Entre quienes también esperaban que éstas pusieran fin a esta situación, se encontraban la jerarquía de la Iglesia Católica y la burocracia sindical. Ambas corporaciones se veían amenazadas por la creciente movilización, politización e ideologización de las masas que ponían en jaque su hegemonía.

Como señala Lucho Aguilar en “El papa Francisco y la historia de la Vati-CGT”: “En marzo de 1976, la cúpula eclesiástica bendeciría el golpe y luego el genocidio. Como diría el Capellán del Ejército de Campo de Mayo, el principal centro clandestino de la Zona Norte: ‘Nuestros enemigos son quienes tienen ideologías marxistas, organizan huelgas, arrojan volantes’.”

Para esos tiempos, mientras el embajador vaticano Pío Laghi propiciaba las desapariciones forzadas para evitar escándalos como los que habían suscitado los fusilamientos de la dictadura franquista en España, Jorge Bergoglio se encontraba alineado con la agrupación peronista Guardia de Hierro, es decir, estaba enrolado en la derecha peronista mientras un sector de la Iglesia –especialmente de curas de base- desarrollaba el movimiento de sacerdotes tercermundistas, muchos de los cuales fueron víctimas de la represión militar y paramilitar.

Aguilar describe que “cuando la dictadura comenzaba a ser cuestionada, la Iglesia cambiaría su táctica. En 1979 el Episcopado se reunía con dirigentes sindicales y apoyaba ‘el derecho a agremiación’. Los obispos serían, junto a la CGT y la Multipartidaria, responsables de contener el repudio obrero y popular a los milicos, para que la ‘transición democrática’ sea lo más ordenada posible. Las marchas a San Cayetano, en 1981 y 1982, serían dos postales de esos días.” En esos tiempos, el actual Papa Francisco ya estaba enrolado en la Compañía de Jesús, la corporación jesuita que organizaría el Centro de Formación Sindical (CeProSin) para formar jóvenes dirigentes sindicales.

tanto la jerarquía eclesiástica, como la burocracia sindical y el PJ comparten este objetivo: evitar que la clase trabajadora se erija en sujeto de su propio destino, acaudillando al pueblo pobre

Hacia la caída de la dictadura genocida, el Episcopado actuó como mediador entre empresarios, organizaciones sindicales y el general Bignone que ocupaba la presidencia de facto. Con los gobiernos posteriores, la Iglesia siempre acudió como “mediadora” entre las patronales, el Ministerio de Trabajo y los trabajadores, ante los conflictos más peliagudos y resonantes, especialmente si las bases amenazaban con desbordar a las organizaciones sindicales burocráticas.

Lo mismo hizo en el plano político, siendo garante de los “diálogos sociales” que, frente a grandes crisis nacionales, convocaban a la concertación y la unidad nacional. Ése fue el papel que cumplió en 2002, cuando el entonces presidente Eduardo Duhalde promovió una mesa de diálogo, anunciada por cadena nacional desde un monasterio, secundado por el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el obispo Estanislao Karlic, y por Carmelo Barturén, el embajador del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

Pero la Iglesia también cumplió un rol cada vez más importante en la “ayuda social”. Revestida de una imagen positiva, presentándose como una corporación “no política” y “no corrupta”, la Iglesia ocupa un papel político crucial en la contención de posibles levantamientos por el hambre. Su imagen de una institución despojada de prácticas clientelares como los partidos políticos fue fundamental para ponerse a tono con las políticas neoliberales que liquidaron derechos sociales y económicos y los reconvirtieron en necesidades atendidas mediante la “ayuda” caritativa del Estado, la Iglesia y organizaciones no gubernamentales, fundaciones privadas, etc.

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Más allá de los diferentes intereses y funciones entre la Iglesia, los sindicatos y el peronismo; incluso aunque reconozcamos diversos momentos en el transcurso de la historia y una complejidad que excede la capacidad de análisis de este artículo, tanto la jerarquía eclesiástica, como la burocracia sindical y el PJ comparten este objetivo: evitar que la clase trabajadora se erija en sujeto de su propio destino, acaudillando al pueblo pobre.

Desde su albo sillón papal, Bergoglio no deja de cumplir ese papel, empoderado con un cargo de alcance casi celestial que le permite mantener esas viejas funciones, pero también ir más allá de ese rol que, históricamente, tuvo la Iglesia en relación al peronismo y la clase trabajadora.

Decimos “más allá” porque, esta vez, está jugando de lleno en la interna del PJ y organizando el “frente antimacrista” para las próximas elecciones. Podría decirse que los dirigentes sindicales opositores al gobierno, los representantes de movimientos sociales y las referentes del movimiento feminista que se pliegan al proyecto vaticano puede que pequen de muchas cosas –según la doctrina que tanto defiende Bergoglio-, menos de ingenuidad.







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